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Astronomía, astrofilia… y alguna rareza que otra

LOS HOMBRES LUNARES. Cinco amigos cuya curiosidad cambió el mundo.

En la segunda mitad del siglo XVIII un grupo de inventores, artesanos, científicos, intelectuales y pensadores se reunían mensualmente en la ciudad de Birmingham para intercambiar conocimientos e impresiones sobre los campos más diversos del conocimiento.

Las reuniones empezaban con una comida a las dos y terminaban bien entrada la madrugada. Era la Sociedad Lunar y de forma jocosa se llamaban a sí mismos lunáticos. El motivo de este nombre es que se reunían el lunes más cercano a la luna llena para poder volver a casa con luz suficiente ya que en aquella época todavía no existía el alumbrado público.

Todos vivían lejos de los centros de pensamiento, pero eran jóvenes y su optimismo no tenía límites. Su pasión por todo lo relacionado con la ciencia era solo comparable a su convicción de que todo avance debía ir encaminado a mejorar la vida de la Humanidad.

Juntos cambiarían el mundo para siempre, y eran conscientes de ello. ¿Quienes eran?

Erasmus Darwin: médico, inventor, poeta y pionero en las ideas de la  evolución, medio siglo antes que su nieto Charles. Sus intereses fueron muchos y diversos; jardinería, agricultura, química, ingeniería, poesía, filosofía y cosmología.

Joseph Priestley: el pastor anglicano que descubrió el oxígeno e inventó el agua carbonatada y la goma de borrar, entre otras cosas. Escribió acerca de la electricidad y la fotosíntesis. Sus ideas acerca de las libertades civiles y políticas encontraron una fuerte oposición y tuvo que exiliarse en América.

Josiah Wedgewood: el primero en industrializar la fabricación de cerámica, el otro abuelo de Charles Darwin. En su casa se inventó por vez primera la fotografía.

Mathew Boulton: fabricante de juguetes, director de la primera fábrica de Inglaterra e inventor del sistema monetario antifraude.

-Su ingenioso socio escocés James Watt: ingeniero conocido por ser el inventor de la máquina de vapor.

Este grupo de amigos se convirtió en el punto de partida de la madre de todas las revoluciones del siglo XVIII, la revolución industrial. Celebraban las reuniones en casa de Matthew Boulton y en la de Samuel Galton entre 1765 y 1813.

Estos primeros cinco amigos eran el núcleo central, pero la sociedad llegó a tener 14 miembros. Otros personajes que acudían a las reuniones más o menos regularmente eran: James Keir, William Murdock, Withering, John Baskerville, Thomas Beddoes, Thomas Day, Richard Lovell Edgeworth, Thomas Jefferson, Anna Seward, William Small, John Smeaton, Thomas Wedgwood, John Wilkinson, Joseph Wright, James Wyatt, Samuel Wyatt, etc. Antoine Lavoisier mantenía una relación epistolar constante con los miembros de la Sociedad lo mismo que Benjamin Franklin, quien además fue a Birmingham a visitarles en varias ocasiones.

Cada uno de ellos tenía un temperamento y unos intereses particulares, medicina, ingeniería, materiales, gases, astronomía, química, electricidad… Fue precisamente esa diversidad de intereses y la sinergía creada de su unión las que llevaron a estos hombres a construir fábricas y máquinas de vapor, sintetizar nuevos medicamentos, trazar grandes canales, elevar globos aerostáticos, compartir teorías y cuentas bancarias, acuñar nuevas palabras como «hidrógeno» o «iridiscente», descubrir gases y minerales, clasificar y bautizar nuevas plantas, crear cerámica de gran belleza y forjar una bella «democracia del conocimiento».

Creían firmemente que compartiendo el conocimiento con la gente, el mundo iría mejor. Eran contrarios a mantener el conocimiento en secreto para conseguir beneficio. Eran también conscientes de que todo el conocimiento que iban adquiriendo no era más que el principio, incluso cuando envejecieron eran conscientes de que estaban en el comienzo de algo más grande.

Los cambios que acontecieron en aquel período de apenas dos generaciones, desde 1730 hasta 1800, fueron dramáticos. El país cambió de una economía principalmente agrícola a convertirse en una potencia industrial. Al mismo tiempo, nuevas ideas políticas y revoluciones transformaron el «status quo» político y social y forjaron el Imperio Británico, afectando las vidas de millones de personas y abriendo el camino de la era industrial.

Cambiaron la faz de Inglaterra para siempre y, como consecuencia, al resto del mundo. Fueron los inventores del mundo moderno.

Como todas las historias, esta tiene también un final. A medida que estos «lunáticos» fueron envejeciendo y algunos de sus miembros falleciendo, la Sociedad fue perdiendo la actividad y en 1813 las reuniones cesaron. En 1820 todos los miembros de la Lunar Society habían fallecido.

En The Lunar Men, Jenny Uglow, miembro de la Royal Society de literatura de Londres, escribe una fabulosa y detallada recreación del tiempo y el lugar en los cuales vivieron los miembros de la Sociedad Lunar. Las historias y tragedias familiares, las aventuras personales y las historias amorosas, están entrelazadas con las pasiones intelectuales y logros científicos.

El libro cuenta con bellas ilustraciones y retratos de estos hombres apasionados y sus invenciones.

Año de edición: 2003

608 pags.

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