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Astronomía, astrofilia… y alguna rareza que otra

EL CIELO DE COLÓN: Técnicas navales y astronómicas en el viaje del descubrimiento

En estos tiempos en que la náutica y la navegación gozan del interés del público en general no estaría mal repasar alguna publicación, nueva o veterana, que relacione la astronomía con la navegación.
El libro elegido en esta ocasión está escrito por José Luís Comellas.

Ampliamente conocido por los astrófilos de nuestro país, Comellas es catedrático de historia, emérito de la Universidad de Sevilla y como tal ha escrito más de cuarenta obras. Su otra faceta es la astronomía, a la que se ha dedicado intensamente y ha escrito más de catorce libros, los cuales se convierten uno tras otro en obras de referencia.
En el libro que ahora nos ocupa une las dos especialidades para explicar de forma minuciosa las técnicas astronómicas y oceanográficas que sirvieron de orientación a Colón a la hora de aventurarse por el océano y llegar donde llegó.

Critóbal Colón es archiconocido por todos por el descubrimiento del Nuevo Continente pero si no lo hubiese conseguido y las carabelas hubieran dado media vuelta aquel mes de octubre de 1492, el marino también habría entrado en los libros de historia de la ciencia como un importante científico y minucioso observador, por el descubrimiento de la variación de la declinación magnética y la rotación de la estrella Polar sobre el polo Norte verdadero.

La estrella Alfa de la Osa Menor ya empezaba a utilizarse como un indicador preciso del norte en la baja edad media y en tiempos de Colón, conocida como Norteo o estrella del Norte, ya solo distaba del polo verdadero 3º 28’.
Esta fue sin duda su guía, la estrella que mas observó en su vida y de la que dependía el buen rumbo de sus naves. Tan es así que en el tercer viaje no quiso arriesgarse y superar el ecuador hacia el sur para no perderla de vista.
Su altura sobre el horizonte proporcionaba fácilmente el paralelo del lugar, pero no era así la longitud o meridiano, problema prácticamente insalvable por aquel entonces. Faltaban puntos de referencia.

Solamente había un medio para conocer la diferencia horaria con España. Un fenómeno celeste previsible y visible simultáneamente desde varios lugares en la tierra: Un eclipse de luna.
Lo complicado es que los eclipses no están a la orden del día, ni siquiera hay todos los años, y los marinos no pueden permitirse el lujo de esperar esos intervalos de tiempo.
Colón se sirvió de este método para determinar la longitud de las tierras descubiertas pero los errores acumulados produjeron resultados francamente malos.

El problema de la longitud no se solucionaría hasta el siglo XVIII cuando, ya con instrumentos ópticos de precisión, los astrónomos fueron capaces de calcular los eclipses, ocultaciones y tránsitos de los satélites de Júpiter.

En las casi 250 páginas de este libro generosamente ilustrado se muestran minuciosamente los métodos de la época para saber la hora como “el hombre del norte” o “las guardas” de la estrella Polar (Kochab y Perkad) así como los instrumentos de medición astronómica y oceanográfica en el viaje del descubrimiento (la ballestilla, el cuadrante, el astrolabio…).

Las dos partes del libro, la histórica y la astronómica están entrelazadas y tratadas con una minuciosidad que sólo alguien con una formación interdisciplinar como José Luís Comellas podría conseguir.

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